La impunidad mediática ante la cultura de la violencia

Vivimos épocas complejas. Podría ser un buen titular, parte de clicbait tan de moda, pero pudiendo ser una mera broma o anécdota, es realidad.

Vivimos en un momento en el que “consumimos” violencias en distintas escalas y de manera continuada e inmediata. Son múltiples las noticias que vemos y escuchamos que nos llevan a situaciones de violencia explicita y se vuelven virales e incluso carnaza para los medios de comunicación sin tener en cuenta la perversidad del juego, de la noticia y las consecuencias emocionales y sociales que generan.

La lista de agresores que ocupan el foco y espacio mediático es larga y su presencia en los medios permanece meses e incluso años, favoreciendo una extraña percepción de quien es la víctima y el victimario. A raíz de la desclasificación de los documentos de Epstein, las denuncias a Julio Iglesias en los últimos meses se han visto una serie de reportajes y programas de televisión que se han “especializado” en este tipo de noticas, que dan voz a discursos que cuestionan las situación, agresiones y escenarios vividos por las víctimas. En este tipo de programas se habla de la noticia sin hablar realmente de los hechos y de sus consecuencias y se habla de los victimarios como si fueran personas innocuas a las agresiones y violencias cometidas.

No se trata de un fenómeno nuevo, lo que ha cambiado ha sido la manera de consumir la información, y lo que debería ser un ejercicio de responsabilidad comunicativa y periodística, se ha convertido en una competición por la audiencia, donde el dolor, revictimización y responsabilidad hacia la víctima se convierte en tertulias y titulares que buscan publicidad y rentabilidad económica.

En este contexto, la víctima vuelve a ser revictimizada con una exposición mediática que banaliza, no sólo la situación vivida, sino que además cuestiona su comportamiento y denuncia, lo que la obliga a justificar su relato, demostrar su credibilidad y estar bajo la sospecha pública constante.

Mientras tanto, el victimario recibe un tratamiento completamente diferente y se atiende al relato de su trayectoria artística o profesional detallada, como si toda esa trayectoria pudiera minimizar o incluso borrar el daño causado. Como resultado, se observa un relato distorsionado que sitúa a la víctima y al victimario al mismo nivel o plano, relativizando la violencia sufrida y diluyendo la responsabilidad en interpretaciones, especulaciones y dudas.

Esta dinámica revela, no sólo un problema mediático, sino que pone de manifiesto las dificultades que tiene la sociedad de analizar la violencia, especialmente cuando las personas que la ejercen tienen poder, fama y/o prestigio. Cuestionar a la víctima se convierte en el recurso fácil y cómodo para preservar el mito y el prestigio del agresor y de proteger las narrativas arraigadas en la cultura de la violencia machista, que perpetua una impunidad total ante los hechos y violencias ejercidas.

Esto pone de manifiesto que la manera existente de informar necesita ser revisada, repensada y transformada para dejar de convertir el dolor o sufrimiento en espectáculo y ofrecer una información rigurosa, responsable y respetuosa hacia los hechos y hacia las víctimas poniendo el foco en las consecuencias reales de la violencia.

 

Puede ser que el mayor reto que existe actualmente sea hablar de la violencia con la responsabilidad que conlleva y dejar de consumirla como entretenimiento, exigiendo empatía y rigor.

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